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Peter Kurzeck: Que nada se pierda

Abstand
Andreas Maier presenta la extraordinaria obra de Peter Kurzeck. Durante el verano de 2010, Kurzeck dictó públicamente su nueva novela "Vorabend" ("La tarde anterior") en la Casa de la Literatura de Fráncfort. Va a publicarse esta primavera.
 
 
 
 
Vida y obra no pueden ser separadas en Peter Kurzeck de la manera tradicional. Escribe libros, graba audiolibros sin guión, y en sus lecturas a menudo improvisa la narración. Trabaja en su propia esfera narrativa oral, y en ella ha encontrado un lenguaje para recordar cómo eran las cosas. No es tanto una autobiografía como en intento de preservar el mundo, y todo lo que en hay, hallando un lenguaje para ello
 
Durante más de quince años, Kurzeck ha estado trabajando en un intenso ciclo sobre los años 1983 y 1984 en Fráncfort: "El viejo siglo".
 
La trama puede contarse en pocas palabras. Sybille, pareja del narrador, acaba de dejarle. Su hija de cuatro años, Carina, se ha ido a vivir con ella. El narrador recuerda los tres años que han vivido todos juntos: llevar a Carina a la guardería cada mañana, ir al mercadillo con ella, el libro que escribió durante esos años. Recuerda también sus visitas a amigos y cómo él habría contado su propia infancia y sobre el pueblo de Stauffenberg, donde creció. Frase a frase va revelándose todo un mundo. El ciclo literario avanza adentrándose cada vez más y más allá en dirección al Fráncfort de ese momento, a la pobreza social existente allí y el ambiente en que los intelectuales de izquierda se relacionaban con una resistencia política extremista. Se adentra incluso más allá en el pasado y habla de toda la historia alemana desde la Guerra.
 
El narrador de la saga había sido alcohólico, como el mismo Kurzeck. Tras décadas sin un instante sobrio, dejó de beber unos pocos años antes del presente narrativo, y desde entonces no volvió a probar un sorbo. En los libros le vemos a menudo vagabundeando alrededor de quioscos de licores. «Te ves a ti mismo allí plantado con ellos, bebiendo y dando traspiés, con el suelo dando vueltas y metido en discusiones de borracho. Estando curda, puedes ir tirando bien toda tu vida.» Para el narrador, el tiempo es ahora como esas pequeñas botellas que la gente bebe en los quioscos: en un momento están ahí y al siguiente han desaparecido. Pero «que nada se pierda». Lo mismo que sucede con los vagabundos que se arrastran por las aceras, los carritos atiborrados con docenas de bolsas, y aun así de algún modo se mantienen enteros. También ellos consiguen tenerse más o menos en pie en la más miserable de las situaciones. Y los niños en la guardería, donde las tardes se hacen eternas, también se rebelan contra el tiempo, como si tuvieran el poder sobre él que el narrador desearía tener: «No nos van a recoger», le dicen en una ocasión. «¡Nos vamos a quedar aquí para siempre! Tú también te puedes quedar con nosotros aquí para siempre.»
 
La hijita del narrador tiene una relación muy particular con las «cosas» y las «palabras». Tienen un ritual, por ejemplo, para sacar las cosas de las bolsas tras una jornada de compras: el narrador saca las cosas una a una y las va poniendo en la mano de su hija. «Cada cosa por sí misma. Como si fuera creada, o recreada, cada vez. Y su nombre, origen, clasificación y dónde debería ir.» Poner nombre a estas cosas las trae al mundo. Nombrarlas las crea, nuevas cada vez. Como si no existieran sin la palabra adecuada. El poner nombre concuerda, es notorio, con las notas de su padre, sus apuntes y, por encima de todo, sus libros, con lo cual el narrador está siempre «a la zaga». Porque el mundo nunca se detiene, y también los trabajadores por turnos desde treinta años atrás, a quienes él ha visto volver a su casa cada tarde, llevan décadas entrando en tropel en su cabeza, «y ahora no van a cesar de interrumpir el libro, tratando de entrar en él». De este modo, no mueren. Cuando los tres están en casa por la tarde, el narrador comienza a leer en voz bien alta las frases que ha anotado. Va y viene gesticulando con sus manos como es su costumbre. «Antes de empezar a escribir, tienes siempre que recitarlo todo. Como una canción, como una oración… Un conjuro. Una y otra vez, y cada vez más verdadero.» Y eso da como resultado una inconfundible impresión de urgencia. En un momento dado, el narrador dice: «A los niños les gusta cuando la gente habla rítmicamente. Perciben las notas musicales. Casi como si la voz les rozara y les acariciara y les hiciera cosquillas». Ese es justamente el efecto que Kurzeck logra en sus lectores.
 
Podríamos dudar si denominar al narrador de Kurzeck narrador o contador de historias. Lo que hace Kurzeck tiene poco que ver con el habitual contar una narración. Sus libros no son un autor que habla a su audiencia, sino el "narrador" en el libro que le habla a su hija. Cuenta historias del modo en que las contamos a un niño. Como hacemos cuando el tiempo desaparece y todo lo que se habla se vuelve presente, como si estuviera allí («casi puedes tocarlo»).
 
El acto efectivo de hablar es en realidad el tema sobre el que gira toda esta prosa. La delicadeza con la que son dichas las cosas, la naturaleza inofensiva y pacífica de hacerlo. Por ese motivo los libros de Kurzeck no pueden ser leídos como los otros libros. No podemos leerlos con la pretensión de averiguar algo. No podemos leerlos en busca de estimulación intelectual. La impaciencia bloquea la lectura en esta prosa, y es un obstáculo para el encantamiento. El lenguaje de Kurzeck es, sin duda, el mejor escrito de hoy en día entre todos los escritores alemanes. Tiene forma subjetiva de cabo a rabo. Es un mundo por sí mismo. Y todo ello procede de alguien que, tal como vemos en cada frase, tiene prisa, va acelerado, con miedo (lo cual no es el menor motivo por el que los libros de Kurzeck son lo absolutamente opuesto a la introspección). Surgen de una necesidad desnuda de sobrevivir. Son un escritor que está resolviendo su vida para no perderla.
 
 
Este artículo se publicó en versión alemana ("Nichts soll verloren gehen") en Die Zeit del 12 de abril de 2007 y online
 
Peter Kurzeck nació en Tachau (Bohemia) en 1943. Actualmente reside principalmente en Uzès (Francia). Sus obras están publicadas en Stroemfeld / Roter Stern (Fráncfort), con ediciones en rústica en Suhrkamp.
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Andreas Maier
nació en 1967 en Bad Nauheim, a las afueras de Fráncfort. Ganó el Premio Ernst Willner Prize en el Concurso Literario Ingeborg Bachmann en Austria de 2000, y ha recibido el Premio de Promoción Literaria de la Fundación Jürgen Ponto y el Premio Literario Aspekte por su primera novela "Wäldchestag". Open Letter publicó en versión inglesa en 2010 su novela "Klausen".
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