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1989 – No es la corteza lo que sacia la sed, sino el fruto.

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De Heinrich von Kleist a Monika Maron
Por Marcel Reich-Ranicki

En enero de 1811, aparecía en los Berliner Abendblätter un breve artículo de Heinrich von Kleist titulado "Brief eines Dichters an einen anderen" ("Carta de un escritor a otro"). El destinatario –leemos allí– había alabado sus versos, pero este, o sea Kleist, no quiere saber nada de esa aprobación. Así son los escritores, entonces igual que ahora o que hace mil años. Quieren que los alaben y los aclamen, sí, pero no basta con eso: quieren que en sus obras apreciemos lo que ellos mismos consideran que tienen de relevante y de bueno.
 
El destinatario de la carta, probablemente inventado por el propio Kleist, admiraba en su poesía «la pureza y corrección de la expresión y el lenguaje», «el ritmo y el encanto de su armonía». Sin embargo, explica Kleist, esas son galas en las que no debería repararse. Si él pudiera poner sus pensamientos directamente en las manos del lector, «sin aditamentos», entonces «estaría dicha toda la verdad, y las demandas íntimas de mi alma satisfechas por entero». No es la corteza lo que sacia la sed, sino el fruto. El lenguaje, su ritmo y su melodía son –¿damos crédito a lo que estamos leyendo?– un «mal necesario».
 
¿Es posible que Kleist hablara en serio? Sin duda, pues lo repite: reconoce que intenta «dar gracia y vitalidad al sonido de las palabras», pero es únicamente para que así se revele la idea que contienen. Así que ya tenemos aquí esa estéril oposición aparentemente eterna: aquí la corteza, allí el fruto; aquí la forma, allí el contenido. De acuerdo con Kleist, por tante, el arte debería servir nada más que de atractivo embalaje y vehículo; su tarea primordial es llevar la idea al lector.
 
Kleist fue un escritor político y un crítico de su época, casi desde sus primerísimos comienzos. Hablaba de su patria y de sus contemporáneos, y, por descontado, de sí mismo. Su oda, de no muy buena fama, "Germanias Aufruf an ihre Kinder" prueba que ansiaba de hecho adoptar un papel de propagandista, de agitador, por más que nadie contrató sus servicios. ¿Tenemos, pues, en Kleist a un antecesor de quienes en nuestro siglo se adhieren a la "literatura con compromiso político"? ¿Creía Kleist que merecía la pena despojar de riqueza su literatura con tal de ejercer un influjo político más amplio sobre sus compatriotas? Como tantísimos otros escritores, Kleist sobrevaloró las posibilidades de la literatura, y tanto más cuanto que jamás estuvo en condiciones de hacer una valoración sobria acerca del mundo y de su situación real. Envió a la corte prusiana una obra teatral cuyo protagonista, un general prusiano, está desmoronado psicológicamente; entonces implora piedad a dos mujeres, no quiere más que vivir, y declara a voz en grito que no le importa que tal conducta sea honrosa o no, y aun así el dramaturgo seguía creyendo con toda seriedad que conseguiría el favor de la corte: un caso perdido en Prusia.
 
Kleist era un genio a la vez que un chalado. Quizá no habría sido lo uno sin ser lo otro. Pero, sea como fuere, Kleist conoció de cerca, o al menos lo entrevió, el dilema de lo que en el siglo XX se ha considerado la literatura de izquierdas. Tampoco, en cualquier caso, sufrió por ello, ya que nunca nadie le pidió concesiones. Mas cuando Jean-Paul Sartre formuló tras la II Guerra Mundial el programa de la literatura comprometida, afirmando que el escritor disponía de pistolas cargadas y debía apuntar al blanco como un hombre, no como un niño que cierra los ojos y se limita a disfrutar el estampido, Kleist se habría sumado sin dudarlo a tal declaración.
 
En 1810 y 1811, cuando tuvieron que cerrar los "Berliner Abendblätter", cuando "Käthchen von Heilbronn" fue rechazada en la Königliches Schauspielhaus de Berlín y "Prinz von Homburg" en la corte, con Kleist arruinado también en sentido material, mientras buscaba nuevos caminos y posibilidades, ¿reaccionó quizá buscando algún tipo de nueva hipótesis de trabajo, algo que le sacara del callejón sin salida del que no había podido sacarle ninguna de sus obras anteriores? ¿Y se debió quizá a esa estrategia su proyecto de empujar lo artístico a un segundo plano en la mayor medida posible, incluso hasta hacerlo desaparecer del todo, con tal de guiar al lector directamente a gozar del fruto, admitiendo no obstante que este nunca podría presentarse del todo sin corteza?
 
Kurt Tucholsky, el periodista literario crítico con la sociedad más conocido de la República de Weimar, se lamentaba en 1933 de que, tras veinte años de trabajo, no había sido «capaz ni de mover de su puesto a un agente de policía». Pero puede suceder, no obstante, que la literatura tenga sobre el lector ese efecto tan ansiado y soñado, aunque tal cosa sólo ocurre en un estado de cosas que jamás envidiaríamos a ningún país. Pues es sólo bajo una dictadura, en un régimen de tiranía, cuando la literatura puede ejercer sobre el público un influjo en el que pudiera verse una contribución a un cambio real de la situación. Donde reina el terror y no hay libertad de expresión ni prensa libre, un escritor puede hacerse famoso incluso aun cuando sea imposible comprar ni un solo libro o grabación de él. Los versos de Wolf Biermann pasaban de mano en mano en la RDA, en forma de cintas grabadas y en abundantes copias en papel. Lo que Biermann decía en aquellas canciones y poemas solía ser bien conocido para sus conciudadanos, pero ninguno se había atrevido a decirlo en voz alta; eran cosas que, como mucho, se susurraban a escondidas.
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Flugasche
Flugasche
¿Puede una novela tener efectos similares? Sí, pero a condición de que ponga el dedo en una llaga contemporánea y, de modo fácilmente comprensible, sin andarse con rodeos, es decir, en otras palabras: «sin aditamentos», ofrezca al público lo que el público de países sin libertad de expresión anhela más que cualquier otra cosa: un trozo de verdad sobre su propia vida. Y es con una novela semejante, titulada "Flugasche" y publicada en 1981 –aunque no, por descontado, en Berlín Este, sino en Fráncfort del Meno– donde empieza la senda de la escritora Monika Maron.
 
Tenía por entonces cuarenta años. Estamos hablando, así pues, de un debut relativamente tardío. Los novelistas primerizos, sean más o menos jóvenes, suelen llegar a la literatura desde la literatura, por lo que no hay mayor dificultad para saber por sus libros cuáles son los libros que han estado leyendo. Monika Maron, al contrario, llegó a la literatura desde la vida, y además una vida nada corriente. Se había criado en un entorno comunista, primero en Berlín Oeste, donde era la única alumna perteneciente a los Pioneros en su clase, y luego, desde 1951, en Berlín Este, adonde se mudó con su madre. Dos cosas había que se daban por evidentes en sus años mozos: una, que los comunistas eran gente buena y noble, incluso ejemplar; otra, que, tan seguro como que el sol salía, el futuro comunista, la salvación de todas las personas del mundo, era algo que marchaba bien encaminado. E igual de evidente para ella era que estaba recibiendo ciertos privilegios, de mayor o menor peso.
 
Aprobado el "Abitur", podría haber seguido beneficiándose de ellos: su futuro en el "Arbeiter-und-Bauern-Staat" ("El Estado de los Obreros y los Campesinos") parecía prefijado y seguro. Nada obstaculizaba su marcha para hacer una buena carrera, y vertiginosa seguramente, en la RDA; nada que no fuera ella misma. Pues aquella joven con el bachillerato recién terminado iba a dar un buen disgusto a los que la rodeaban: para pasmo general, decidió trabajar en una fábrica. Quería probar suerte como operaria de fresadora. ¿Cuál sería su objetivo: protesta, resistencia, acaso una rebelión? Pero esas son grandes palabras, demasiado grandes. Quizá deberíamos hablar mejor de una actitud desafiante y de curiosidad: lo que pretendía la joven Monika Maron, parece ser, era descubrir de primera mano un ámbito vital cuya alabanza cantaban a diario los periódicos de Berlín Este, pero del cual uno se mantenía lo más lejos posible: se cantaban canciones obreras, incluidas las de la República de Weimar, pero se guardaban las distancias respecto a los obreros mismos.
 
Aguantó un año con la fresadora; luego trabajó en la televisión, y después estudió teatro e historia del arte, elección habitual de quienes tienen tendencia artística, pero nada más que una vaga idea acerca de qué profesión deberían emprender. Todos los indicios apuntan a que, durante esos años, lo que mejor sabía Monika Maron era lo que no quería. No quería más mentiras. Su vida entera había sido una serie de falsedades. En la escuela y en la universidad, en la fábrica y en la televisión, en el grupo de la Juventud Libre Alemana y en el SEC (el Partido Socialista Unificado): en todas partes y en todo momento, las mentiras eran el pan de cada día. Se suponía que la RDA era un país de gente sonriente, pero era un país de mentiras.
 
En tales circunstancias, Monika Maron volvió a hacer algo que se salía de la norma. Intenta conseguir algo en el mismísimo lugar en que mentir era más frecuente y sistemático. Llevada de nuevo, según parece, por su actitud desafiante y su curiosidad, se dirige a la prensa, donde trabaja primero para una revista femenina y luego para el Wochenpost, donde se encarga ante todo de reportajes. Tampoco a ella le queda más remedio que mentir, pero se esfuerza por introducir aquí y allá en sus artículos algo que guarde al menos cierta semejanza con la realidad. El plan se vino abajo, ni que decir tiene.
 
En 1976 se despide del Wochenpost y empieza a escribir un libro. ¿Sobre qué? Sobre sus recientes experiencias en la prensa de la RDA, por supuesto. El libro cuenta la historia de una joven periodista que se le parece muchísimo. Con un carácter poco heroico, pero bravo, la protagonista va recopilando sin pausa material sobre Bitterfeld, la ciudad más sucia de Europa: quiere saber cuál es la situación allí, qué es lo que pasa y por qué. Y, también, le gustaría que se enterasen de ello los lectores de su periódico. Pero el reportaje no puede ser publicado, y le causa a su autora enormes dificultades.
 
El libro, o sea la novela "Flugasche", es, según leí hace poco en una enciclopedia de la literatura, «uno de los más importantes reportajes medioambientales sobre la RDA». Pero... un momento: ¿se trata de una novela o de un reportaje? El lapsus, si es que lo era, da en la diana. Pues con este libro Monika Maron creó una obra importante, con pleno significado y perfecta en su modo de ser, pero es un libro periodístico más bien que literario. De hecho, no es ninguna casualidad que el punto cumbre se alcance en un diálogo entre la periodista en ciernes y su compañera, más antigua en el oficio. Lo que allí se dice es completamente acertado, sólo que podría haber sido impreso también en forma de artículo periodístico.
 
El hecho es que Monika Maron encontró la forma apropiada para su asunto en aquel momento, la forma que permitía la difusión más amplia y el mayor efecto posibles: un reportaje presentado en forma literaria; en otras palabras, una falsa novela. Y el éxito fue enorme, tanto en la República Federal, donde había disponible poca información sobre las circunstancias descritas por el libro, como en la RDA, donde, al igual que con los poemas de Biermann, circularon de mano en mano centenares, miles de copias que pudieron entrar en el país desde el oeste.
 
¿Cambió algo "Flugasche"? Hubo muchos ciudadanos de la RDA que supieron y entendieron lo que se estaba haciendo allí a las personas, eso en primer lugar. En el oeste, por descontado, causó disgusto y contrariedad en los intelectuales que se consideraban a sí mismo "izquierdistas". Se negaban a aceptar que su inocente anhelo de aquello a lo que daban el erróneo nombre de "utopía" quedara en evidencia por la acción de una descripción de la realidad.
 
En cualquier caso, Monika Maron tenía ya su etiqueta: era, se decía, una periodista excelente, nada más ni nada menos. Pero el talento tiene la gloriosa cualidad de ser impredecible. Su siguiente novela, "Die Überläuferin", trata sobre una mujer de la RDA que deja de colaborar, que se aparta, pero sin marcharse del país. Esta historia de una negativa se mueve en la difusa y arriesgada línea entre la realidad y las visiones; libro muchísimo más literario, más poético, que el anterior, es seguramente menos perfecto.
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Stille Zeile Sechs <br />Entre los libros más recientes de<br />Monika Maron se encuentran
Stille Zeile Sechs
Entre los libros más recientes de
Monika Maron se encuentran "Pawels Briefe" ("Pavel’s Letters", publicado en inglés por The Harvill Press), "Endmoränen", "Ach Glück" y "Bitterfelder Bogen".
Lo que Monika Maron era capaz de alcanzar en la narrativa no quedó de manifiesto hasta su novela "Stille Zeile sechs". Tampoco puede decirse que esta obra logre la perfección, lo cual es, justamente, algo que tiene mucho que ver con su temática. En "Flugasche", la ciudad "B." era una imagen de la RDA, fuese esa o no la intención de la autora. "Stille Zeile sechs" es una recapitulación épica, que ajusta cuentas no con la RDA, sino con el comunismo. Es la obra de una persona que quiere y necesita escribir para una causa, pero no al dictado de nadie, y ante todo no al dictado del partido al que pertenecía, el Partido Socialista Unificado.
 
¿Cómo pudo ocurrir que los comunistas, que habían entrado en escena para combatir la inhumanidad y que, en efecto, la habían combatido heroicamente, no se arredraran a la hora de cometer crueldades ellos mismos? ¿Cómo pudo llegarse a que aquellos que tenían por objetivo hacer realidad el antiguo sueño de una sociedad justa construyeran una sociedad en la que se esclavizaba a seres humanos? En definitiva: ¿por qué y cómo gente que eran sin duda idealistas terminaron convirtiéndose en gente que eran sin duda criminales?
 
Tales son las cuestiones sobre las que versa la novela "Stille Zeile sechs". Monika Maron intenta darles respuesta a través de la historia de un comunista alemán de la generación Honecker: un antiguo minero, llamado Herbert Beerenbaum, que luego llegó a la cátedra con su "Certificado de estudios de la Escuela Nocturna" para ejercer su incalificable misión en calidad de "Responsable Oficial de Cuestiones Ideológicas en la Universidad de Berlín" y enviar a prisión a personas inocentes. Jubilado, el hombre dicta sus memorias a una mujer mucho más joven, una historiadora rebelde, quien, en vez de plegarse y ayudarle a crear ese monumento literario a sí mismo, le plantea si realmente cree que generaciones enteras de seres humanos vinieron al mundo nada más que para que los comunistas pudieran poner a prueba en ellas sus ideales recurriendo al terror más espantoso. La historiadora, que también fue comunista antes, se sienta ahora delante de su máquina de escribir como una diosa de la venganza –si bien siempre indecisa–, y desde allí observa que «los comunistas antes volarían el mundo en pedazos que aceptar que éste no va a hacerse comunista».
 
Monika Maron confronta cara a cara el mundo de los ancianos funcionarios del partido con un ambiente social de Berlín Este que integra a bohemios, marginales y gente fuera de la ley, todos ellos producto, y por tanto víctimas, del régimen del SED. Constituye el telón de fondo de la obra el funeral por el viejo miembro del partido Beerenbaum. Había vivido en una zona exclusiva de la ciudad, y ahora se le da sepultura en una parte del cementerio reservada a gente importante. Manteniéndose a distancia, la historiadora observa la ceremonia, símbolo de la falsedad de la vida en la RDA: «Fui allí porque necesitaba dar aquello por concluido, porque tenía que comprobar que de verdad lo habían enterrado y ya no estaba en el mundo.» ¿A quién se refiere? ¿Al comunista Beerenbaum o al comunismo?
 
En contraste con su primera novela, "Flugasche", esta última novela de Monika Maron, escrita ya tras la caída del Muro, tiene la fuerza de una obra de arte épica: de ritmo más pausado, es también más enérgica. No sólo vierte claridad sobre las cuestiones de nuestra época y nuestra vida, sino que también nos las hace más gráficas. En la "Brief eines Dichters an einen anderen", Kleist observa que «lo propio de toda forma auténtica es revelar la esencia de forma directa e inmediata...» La novela "Stille Zeile sechs" es una magnífica confirmación de ese punto de vista: su composición es tan diestra como discreta, a la vez sencilla y magistral. La corteza y el fruto encajan aquí a la perfección, y a nosotros nos permiten saciar la sed. Sea cual sea el asunto que narra Monika Maron, escribe con una virtud que es casi pieza museística en la novela alemana contemporánea, una cualidad que, incluso, no suele ser mencionada ni siquiera cuando se presenta, casi como si se pensara que devalúa la pretensión artística. Me refiero a la inteligencia de la autora, una inteligencia poco común y, a su manera, extraordinaria.
 
Kleist alabó una vez la obra literaria de un amigo en quien reconocía un «refinamiento» muy particular: «consigue también decir lo que no dice.» Quizá sea esa la gran virtud de "Stille Zeile sechs": describiendo una problemática histórica específica de nuestro siglo, se transforma en una alegoría que va mucho más allá de sí misma. También aquí Monika Maron está expresando lo que no expresa.
 
 
 
Versión abreviada del discurso en homenaje a Monika Maron pronunciado por Marcel Reich-Ranicki con ocasión de la concesión a la autora del Premio Kleist de 1992, según fue publicado en Frankfurter Allgemeine Zeitung; aparece aquí con el amable permiso del autor.
 
 
 
 
Marcel Reich-Ranicki,
nacido en 1920 en Polonia, está considerado el crítico literario más importante de Alemania, siendo a veces llamado el "Literaturpapst" ("el Papa literario"). Se convirtió en una celebridad gracias a "Das literarische Quartett", popular programa televisivo de entrevistas en el que era uno de los presentadores. En 1999 se publicó su autobiografía,"Mein Leben"; este otoño aparecerá un libro que recoge extractos de su columna en el Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung.
 
 
 
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