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1989 – Un joven reportero en Alemania

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Por Daniel Johnson

El director se arrellanó en el sillón y dio una profunda calada al puro. «En Alemania no va a pasar nada», dijo. «Tienes tres meses para demostrarme que necesitamos una oficina en Bonn. En otro caso, la cerraremos y funcionaremos con un corresponsal por libre. Como The Times.»
 
Corría 1987, y yo era un joven editorialista del Daily Telegraph, sin experiencia como informador y poco cualificado para el trabajo de corresponsal en el extranjero. Sí hablaba alemán por lo menos, ya que había vivido un año en Berlín con una beca Shakespeare, en 1979-80. Así que hice las maletas, me mudé a Bonn y, a los pocos días, me vi cubriendo una historia que emocionó al director, a quien en realidad las historias de Alemania sólo le gustaban si llevaban la palabra «nazi» en el primer párrafo.
 
Lo que me salvó en ese momento fue la muerte de Rudolf Hess, el último de los criminales de guerra nazis, que languidecía en la Cárcel de Spandau. ¿Fue suicidio, o fue asesinato? Atravesé Alemania siguiendo el féretro, busqué la tumba familiar de los Hess – en un cementerio de Múnich, a la luz de las velas – y terminé llegando al somnoliento pueblo bávaro de Wunsiedel. Era el sueño de un corresponsal en el extranjero: el misterio de un asesinato en torno al segundo de Hitler, la Guerra Fría, jóvenes neonazis con botas militares desfilando por el campo bávaro.
 
Lo siguiente fue también un villano, pero no de especie parda, sino roja, y este sí estaba bien vivo: Erich Honecker. Hacía su primera visita a la República Federal, en la que el dirigente de la Alemania Oriental comentó que socialismo y capitalismo eran como el agua y el fuego. Como es evidente, ni a Honecker ni a su anfitrión, el Canciller Helmut Kohl, se les ocurrió pensar que a los dos años los alemanes orientales decidirían tomarle la palabra, pero dispuestos a elegir cualquier cosa menos ese incendio socialista. Momificado, pero aún tan peligroso como en 1961, cuando levantó el Muro de Berlín, Honecker había promovido a finales de la década de los 1980 un culto a la personalidad tan grotesco como cualquier otro de los del mundo comunista. En un número del órgano comunista oficial, "Neues Deutschland", dedicado a la feria de Leipzig de 1989, casi cada página llevaba una fotografía del jefe del partido. La "hybris" de Honecker se vio prontamente seguida por la "nemesis", y de un modo que casi nadie esperaba a ninguno de ambos lados del Muro.
 
Al ser nuevo en aquel escenario, es posible que yo estuviera mejor colocado que los veteranos para percibir que las placas tectónicas se movían. Empezó con la visita de Franz Josef Strauss a Gorbachov en diciembre de 1987. Aunque era, con mucho, el personaje más popular en las dos Alemanias, el líder soviético seguía siendo un enigma sin resolver. El aventurero Strauss (que había luchado en la Wehrmacht en el frente oriental) pilotó su propio avión hasta Moscú, dejó impresionado a Gorbachov y regresó insinuando que quizá los Soviets fuesen a hacer tratos importantes con la República Federal. Escribí un artículo para el Telegraph con la predicción de que la reunificación alemana podría llegar mucho antes de lo que todos esperaban. Nadie me creyó.
 
Pero más tarde pude también observar otro momento clave del proceso, cuando acompañé a Helmut Kohl hasta Moscú en octubre de 1988. Se me quedaron grabadas dos imágenes. Una fue la de cientos de los llamados alemanes del Volga regresando "a casa", al país del que habían emigrado sus ancestros en tiempos de Catalina la Grande. Es posible que Kohl esperase rejuvenecer la envejecida población indígena alemana sobornando al Kremlin para que permitiese emigrar a estos "Aussiedler" de etnia alemana; si era así, falló. Pero el otro recuerdo persistente de aquel viaje es aun más revelador: Alfred Herrhausen, que dirigía el Deutsche Bank, se presentó allí para ofrecer inmensos créditos blandos con respaldo estatal a una economía soviética que se desintegraba. Me concedió una entrevista en su espléndido cuartel general moscovita, compartida con un colega del Financial Times. El banquero visionario estaba ya preparando el terreno para el acuerdo que sellaría la reconciliación en la reunión entre Kohl y Gorbachov en el Cáucaso en 1990. Aunque para entonces Herrhausen habría muerto: asesinado por una bomba terrorista, la última pirueta sangrienta de la banda Baader-Meinhof.
 
En el verano de 1989, el director me propuso cubrir Europa Oriental, así que me despedí de Bonn, el pueblo de Le Carré en Alemania, y volví a Londres. En noviembre de ese año, Alemania Oriental se vio sumida en la agitación. Nada más cubrir la caída de los regímenes comunistas de Polonia y Hungría, hice las maletas para volver a Berlín. Llegué justo cuando los acontecimientos alcanzaban su punto álgido, el 9 de noviembre. En la célebre conferencia de prensa televisada que concedió en esa fecha Günter Schabowski, secretario del partido de Berlín Oriental, tuve la suerte de que me estuviera reservado un papel.
 
A las 6:54 pm, el periodista italiano Riccardo Ehrman preguntó a Schabowski sobre la nueva ley de viajes. Schabowski anunció que el Politburó acababa de decidir que se permitiría abandonar la RDA a los alemanes orientales. Iban a expedir visados «sin demora». Otro periodista le preguntó cuándo iba a entrar en vigor la nueva ley. «De inmediato», replicó Schabowski. Varios periodistas salieron corriendo para transmitir la información.
 
Todo sucedió en pocos minutos. Eran entonces las 6:58 pm; me llegó el turno de preguntas, e hice la más evidente que vendría a la cabeza de cualquiera: «¿Herr Schabowski, was wird mit der Berliner Mauer jetzt geschehen?» («¿qué va a pasar ahora con el Muro de Berlín?»). Nos estaban contemplando cientos de miles de alemanes a ambos lados del Muro. Schabowski parecía desconcertado. Declaró que esa iba a ser la última pregunta. Repitió para sí mi pregunta, y añadió: «que el Muro sea poroso en nuestro lado no resuelve todavía ni por sí solo la cuestión del sentido de esta frontera fortificada del Estado de la RDA...» Hablaba a trompicones. Dijo algunas frases vacías sobre la paz y el desarme. Pero no contestó la pregunta, porque no tenía ninguna respuesta para ella. Un Muro que separaba la dos mitades de un país dejaba de tener "sentido" una vez se permitía a la gente viajar libremente. Todo había terminado. Y en el momento en que Schabowski terminó de hablar, exactamente a las siete de la tarde, todos lo sabían ya. La suerte estaba echada. En ese momento terminaba la Guerra Fría. En ese momento, se habían convertido en historia el Muro y el telón de acero que dividió Europa. Y en ese momento Alemania volvía a ser "un solo pueblo".
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Daniel Johnson
dirige Standpoint, revista mensual de cultura y política.
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