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Nuevos y sorprendentes puntos de vista y un enriquecimiento del lenguaje:

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Notas sobre la literatura contemporánea "de inmigrantes" en lengua alemana
Por Ilma Rakusa

Una interesante e importante evolución en el mundo literario en lengua alemana durante estos últimos años ha sido el auge de los escritores en alemán con antecedentes migratorios. Y no es su número lo único que aumenta, sino también el peso cultural que detentan. Los suplementos culturales les dedican largos ensayos, los jurados hacen llover premios sobre ellos, y congresos y antologías documentan el interés creciente que provocan. Y con bastante razón, todo hay que decirlo. Pues son estos recién llegados al idioma alemán quienes están enriqueciendo la literatura actual alemana, austriaca y suiza con nuevos impulsos y colores, con atrayentes temas y giros lingüísticos desacostumbrados. Escritores como los turcos Emine Sevgi Özdamar y Feridun Zaimoglu, o la japonesa de nacimiento Yoko Tawada; Zsuzanna Gahse y Terézia Mora, ambas de origen húngaro, o los búlgaros de nacimiento Ilija Trojanow y Dimitré Dinev, y el moravo Michael Stavaric y el joven bosnio Saša Stanišić... Sus orígenes serán tan variados como sus libros, y sin embargo tienen un punto en común: una perspectiva marginal sobre sus entornos alemanes y sobre el idioma.
 
Testimonio digno de atención es el de Harald Weinrich, quien en 1985 creó el Premio Adelbert von Chamisso, destinado específicamente a escritores con antecedentes "migratorios". Según él, la absorción de una experiencia de la otredad, que es lo que caracteriza la perspectiva marginal, lleva a "sacudir de arriba abajo la costumbre", sin perdonar el "uso rutinario del lenguaje cotidiano". Y tales son para Weinrich las condiciones óptimas para el lenguaje poético y la "reproducción de un mundo".
 
La contribución de estos autores, por tanto, no está en que sean exóticos, sino en que traen consigo una expansión del punto de vista y una exploración de las posibilidades expresivas del idioma. En Kanak Sprak, por ejemplo, Feridun Zaimoglu ha creado un lenguaje que mezcla el argot de los hijos de los "trabajadores invitados" con el dialecto anatolio: «…Es un batiburrillo babélico de una generación que en parte llama la atención descaradamente y en parte recibe descaradamente toques de atención (...) Contiene préstamos de dialecto provincial y notas de turco culto, y al mismo tiempo el argot callejero y urbano, un staccato cargado de metáforas. (…) Kanak Sprak significa una marea de imágenes, que traen vigor a la melodía del idioma y aire fresco al mundo literario.» El idioma de Zaimoglu, con su combinación de problemas de las clases urbanas inferiores y leyendas orientales, crítica social y exuberante narración oriental, obtuvo un éxito arrollador entre un grupo de lectores de lo más diverso.
 
Por su parte, Emine Sevgi Özdamar, aunque no haya lanzado ningún Kanak Attack, está considerada como una hechicera del lenguaje. Su alemán suena extraño por sus giros turcos y sus metáforas; se respira en él cierto aire a cuento de hadas, y en ocasiones se diría que es una traducción de los floreos arcaicos de algún idioma antiguo. Algo que salta ya a la vista en los mismo títulos de sus libros: La vida es un caravasar. Tiene dos puertas. Por la una entré. Por la otra salí. La prosa de Özdamar gira alrededor de la paradoja de una identidad doble, siempre aferrada al idioma mismo: la "lengua materna" y la lengua extranjera, el alemán en este caso. Explorar el mundo y a uno mismo es, de hecho, explorar el lenguaje. Y así, Gastgesichter ("Caras invitadas"), uno de los numerosos relatos breves de Özdamar, empieza con una reflexión sobre el lenguaje: «De niña, en Estambul, la primera palabra europea que oí fue 'deux-pièces'. Todos los lunes mis padres iban al cine Teyvare Sinemasi. Su nombre significa Flugzeugkino ["Cine aeronaútico"]. Era un cine que proyectaba solamente películas europeas... '¿Qué ropa vas a llevar?', preguntaban todas las semanas. Un día mi madre contestó: 'Voy a ponerme mi deux-pièces'. '¿Qué es eso, madre?', pregunté. '¿Qué significa deux-pièces?' 'Deux-pièces significa deux-pièces', respondió mi madre». La transmisión lingüística es cómica y está llena de malentendidos Ese es el factor del que saca provecho Özdamar: el efecto sorprendente y refrescante.
 
Zsuzsanna Gahse mira las palabras de modo tan exacto como si estuviera comprobándolas, pesándolas, probándolas una a una. El escepticismo respecto al lenguaje y el disfrute del lenguaje son dos caras de la misma moneda para esta húngara nacida en 1946, que considera que «cada palabra es una traducción, y el tiempo se demora en cada palabra». Los lectores de sus libros recientes, de una originalidad maravillosa –como durch und durch ("de cabo a rabo"), Instabile Texte / zu zweit ("Textos inestables / de dos en dos") o Oh, Roman (en alemán el título juega con el doble significado de Roman, un nombre de varón y a la vez la palabra que significa "novela")– tienen que demorarse también en lo escrito, pues las palabras aparecen siempre puestas en cuestión. He aquí un ejemplo: «…todas las palabras del siguiente texto tienen un virus. Es posible que infecten las palabra vecinas que sigan intactas aún, y también las palabras que podrían estar ahí pero no se atreven a asomarse por temor (el temor a ser silenciadas). El primero de agosto son vacaciones nacionales en Suiza, lo cual va asociado con la correspondiente cantidad de ruido. Mientras este año volaban por el cielo fuegos artificiales de colores brillantes y uno apenas podía oír su propia voz (oír [vernehmen] es una palabra particularmente infectada, aunque 'infectada' tampoco sale muy bien parada, hay muchos que le añaden una letra y entonces la palabra está muerta), hubo un incidente en Lucerna del tipo que hoy se llama 'Fenstersturz' ["caer por la ventana"]. O simplemente Brückli para los enterados, y los que no estén enterados no podrán dárselas de listos…».
 
Resulta interesante que sea este pesado estilo lo que da plasticidad a las palabras al tiempo que las hace volver sobre sí mismas. En cualquier caso, aquí no hay nada dado por hecho, ninguna "fluidez". Da igual lo que se esté narrando, el lenguaje forma parte de ello.
 
Ello se aplica, hasta un extremo aún más pronunciado, al caso de la escritora japonesa Yoko Tawada, quien llegó a Alemania a la edad de diecinueve años y estableció en ella su residencia permanente a los veintidós. Para escribir alterna el japonés y el alemán, y tantos son los aspectos chocantes que descubre en los entornos alemanes que la rodean, y también en el idioma alemán, que leerla es quedarse constantemente atónito. Para Tawada, también, todo empieza por las palabras, o, es más, por el alfabeto. «¿Qué me dice, por ejemplo una A? Cuanto más tiempo me quede mirando la letra, más misteriosa y viva se hará... Puede ser peligroso soltar una letra por el mundo, pues el escritor, o el mecanógrafo, no pueden saber en qué se convertirá. Escribes una B: puede convertirse en una Bella flor, pero también en una Bomba. Todas las letras del alfabeto son volubles e impredecibles y están llenas de imprevistos» (Lecturas Poéticas de Tubinga). No es en vano que los libros de Tawada luzcan títulos como Von der Muttersprache zur Sprachmutter ("De la lengua materna a la madre lingüística"), Das Wörterbuchdorf ("La aldea del diccionario") o Überseezungen ("Lenguas de ultramar": en alemán el título juega con la palabra que significa "traducción", Übersetzung). La suya es una prosa con elementos etnológicos tanto como poéticos, y ambos desencantan tanto como encantan. El origen del aspecto surrealista de la escritura de Tawada puede detectarse en la circunstancia de dos culturas muy diferentes reflejadas mutuamente. Nada más que en la escritura de Tawada encontraremos «caras que una puede hojear como si fueran una guía de viajes», o la observación de que alguien que habla un idioma extranjero es «a la vez un ornitólogo y un pájaro».
 
Si bien tampoco ocurre en todos los casos que la acentuada conciencia del lenguaje propia de los autores "migrantes" produzca maravillas como estas, sí es siempre algo que los distingue. En el caso del joven escritor Saša Stanišić, cuyo debut Cómo el soldado reparó el gramófono se colocó rápidamente entre los más vendidos, un reseñador se vio llevado a afirmar que Stanišić había proporcionado un chorro de oxígeno al "viejo idioma alemán". El autor, en efecto, había condimentado con pimienta su novela trágico-burlesca, contada desde la perspectiva imaginaria de un muchacho de catorce años durante la guerra de Bosnia, para lo que empleaba giros gramaticales de aire extranjero, bromas y palabrotas junto con imágenes exuberantes y originales metáforas. Refiriéndose al narrador en primera persona, el autor escribe: «Soy una mezcla. Soy mitad y mitad. Ahí estaban todos en el patio de la escuela preguntándose cómo podía yo ser algo tan indefinido, había discusiones sobre qué sangre es más fuerte en tu cuerpo, la masculina o la femenina, y mientras yo deseando poder ser algo menos indefinido, alguna cosa inventada (...), una autopista alemana, un caballo volador que bebe vino, un disparo en la garganta de una casa.» El lenguaje de Stanišić es juguetón. Es audaz, traspasa límites; es el correlato perfecto de una mirada diferente sobre una guerra cuyas heridas siguen abiertas hoy.
 
En conclusión, y sin exagerar, son los escritores llegados a la cultura alemana desde cualquier parte los que están enriqueciendo, ampliando y estimulando sustancialmente esa cultura. Y no solamente a través de los desacostumbrados temas de su literatura, sino por el valor, y a veces los riesgos, con que usan el lenguaje. La rutina no tiene sitio aquí: la osadía lo es todo. Lo cual ofrece al lector una oportunidad única: redescubrirse a sí mismo en un espejo ajeno.
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Ilma Rakusa,
nacida en Eslovaquia en 1946, es escritora y traductora. Entre sus premios se cuentan el Premio Petrarca de Traducción (1991) y el Premio Vilenica de Literatura Centroeuropea (2005). Entre sus traducciones hay obras de Marguerite Duras, Marina Tsvetaeva, Anton Chekov e Imre Kertész.
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