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Rowohlt celebra su Centenario

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Una semblanza por Philip Oltermann

En algún momento de su vida, la mayoría de los lectores alemanes habrá tenido en las manos alguna edición en rústica de Rowohlt y contemplado el inconfundible logotipo en la trasera o en el lomo. Es tan simple, y casi ridículo al verlo allí: tres pares apilados de letras minúsculas, uno sobre el otro, blanco sobre negro. Hacen que la lengua se enrolle hacia atrás y, al pronunciarlo en voz alta, produzca un sonido que recuerda a la risita de satisfacción de Papá Noel.
 
En su origen, RO-RO-RO era una abreviatura de Rowohlt Rotations Romane: novelas en gran formato impresas en papel barato para periódicos y vendidas a no más de 50 céntimos cada una. En junio de 1959 el formato se encogió, lo mismo que les sucedió a las letras del logotipo: Rowohlt publicaba las primeras novelas en rústica del mercado alemán. Eran asequibles –sobre todo gracias a que podían llevar dentro anuncios a toda página de gasolina, coches, perfumes o cigarrillos– y para mucha gente los rororos se convirtieron en los primeros libros que podían permitirse adquirir con su presupuesto para gastos personales. Y, además, no eran precisamente literatura barata. Los primeros cuatro rororos eran obras de escritores de primera clase con renombre internacional: Hans Fallada, Graham Greene, Rudyard Kipling y Kurt Tucholsky. Rororo contaba buenas historias a la generación joven de la Alemania de la posguerra, pero al tiempo les enseñaba cosas sobre el mundo.
 
En 2008, año del centésimo cumpleaños de Rowohlt, el espíritu de la colección en rústica rororo sigue sintetizando los ideales y aspiraciones en los que cree la editorial. En palabras de Thomas Überhoff, editor jefe de ficción en Rowohlt: «Aquí todos confiamos en que nuestros libros tienen algo que decir – tienen un aufklärerischer Gestus –, pero eso no significa que no deban ser divertidos de leer. Para nosotros, no hay necesariamente contradicción entre lo intelectual y lo entretenido, ni siquiera entre baratijas y vanguardia.»
 
Ernst Rowohlt bien podría haber estado de acuerdo. Cuando, con tan sólo veinte años de edad, puso en marcha por primera vez su negocio en Leipzig en 1908 (habría otros dos "momentos fundacionales" más, tras cada una de las dos guerras mundiales), la primera obra que publicó era la de un amigo, Gustav Edzard, con sus Lieder der Sommernächte. Rowohlt tenía un don para hacer amistad con prometedores escritores jóvenes y publicarlos: el dadaísta Hugo Ball, Georg Heym, Max Brod y Franz Kafka, quien vio publicada aquí su primera obra, Betrachtungen (y que persistió en su irritante hábito de escribir "Rohwolt", confundiendo la ortografía del apellido de su promotor).
 
El Väterchen Rowohlt disfrutaba con la ficción experimental más ambiciosa, pero también era hombre de placeres epicúreos, lo cual queda de manifiesto en su legendaria vida social tanto como en el catálogo vigente de Rowohlt. Balzac zahlt alles! (“¡Balzac invita a todo!”) se convirtió en el lema de sus fiestas, en las que los triunfadores y los no tan triunfadores del mundo editorial bebían y bailaban hasta el amanecer. Los pequeños y grandes escándalos fueron parte del orden del día de la editorial, desde la novela de Carl Einstein, publicada en 1921, Die schlimme Botschaft, la historia de un moderno Jesucristo malhablado al que procesan por blasfemia, hasta los hitos de la Lolita de Nabokov y el Trópico de Cáncer de Henry Miller. En su catálogo de obras dramáticas, la casa abogó por Neil LaBute, Sarah Kane y Mark Ravenhill, ninguno de los cuales destaca exactamente por hablar con tapujos. “Siempre nos ha gustado la literatura de alcohol y drogas, y nos sigue gustando”, afirma Überhoff.
 
Nada extraño, pues, que Ernst y Ernest se aproximaran y Rowohlt publicase en 1928 a Hemingway con Fiesta y en 1946 hiciese de In einem anderen Land ("Adiós a las armas") uno de los primeros RO-RO-RO en papel de rotativa. En ese momento, Rowohlt era ya uno de los primeros editores alemanes en la difusión de autores estadounidenses, particularmente del luego premio nobel Sinclair Lewis. Una orientación internacionalista y anglófila atraviesa la historia de la casa, y el catálogo actual de Überhoff presume de figuras como Cormac McCarthy, Paul Auster, Siri Hustvedt, John Updike y tantos otros. A veces, como observó una vez el editor estadounidense Roger Straus, se tiene la impresión de que Rowohlt fuera una editorial norteamericana con la única peculiaridad de estar establecida en Alemania.
 
Hemingway sentía profunda afinidad con su editor en alemán... pero le gustaba cobrar puntualmente, y ese no era siempre el punto fuerte de Rowohlt en su primera época. Ernst era pobre cuando puso en marcha su negocio; muchos le conocieron por su apodo Pumphut (la gorra del pedigüeño), y a menudo se vio obligado a dormir en la oficina. Se enorgullecía de su seriedad comercial con los autores, y publicó en la revista literaria Der Querschnitt una lista de consejos sobre Cómo tratar con autores, que incluía consejos tan sabios como «sienta siempre a tu autor en un sillón más bajo que el tuyo» o «ponte gafas oscuras para que no pueda seguir el movimiento de tus ojos». Pero cuando llegaba el momento de no ceder en una negociación dura, uno tiene la impresión de que Rowohlt no debía de ser siempre tan duro como le gustaba creer. Kafka, por lo pronto, se percató del stillstehenden Schweiss (un rostro cubierto de sudor) la primera vez que se reunió con Rohwolt. El editor, evidentemente, estaba más nervioso que su autor.
 
Muchos de los libros más grandes de Rowohlt se publicaron a pesar, y no por causa, de su potencial mercantil. El Hombre sin atributos de Robert Musil estuvo cerca de ser vetado, ya que uno de los miembros de la junta directiva opinaba que llevaba el «suicidio comercial» escrito en todas las páginas. Finalmente el libro vio la luz gracias a la apasionada súplica del editor jefe Paul Meyer: “Cotta tuvo a Goethe, nosotros tenemos a Musil”.
 
Actualmente Rowohlt ya no tiene su sede en Leipzig sino en Reinbek, localidad pegada a Hamburgo a la que se trasladó en 1960, justo el año en que murió el Väterchen Rowohlt. Y también hoy en día tiene mucha mejor salida en términos comerciales. Habrá quien lo atribuya al hecho de que, al empezar la presente década, con los libros de la casa hundidos en pérdidas (rororot, como los llamaba en broma un periódico), el entonces editor, Nikolaus Hansen, introdujo en el negocio a la consultora McKinsey, que definió un espíritu comercial más moderno para la compañía. Otros señalarían más bien a la coherencia y fiabilidad de la producción de Rowohlt en no ficción: obras como las memorias del cantante de ópera Leo Slezak, las biografías de Goethe y Alfons o el magistral reportaje de Goldschmidt Moskau 1920 contribuyeron en su momento a la prosperidad de Rowohlt, una tradición continuada durante la década de 1960 por las siempre populares biografías de las Rowohlt Monographien y la serie rororo aktuell de Fritz J. Raddatz, en la que la editorial publicaba folletos breves, pero bien documentados, sobre cuestiones políticas de actualidad.
 
Y además, como subraya Uwe Naumann, director de no ficción, ni siquiera el mejor editor de historia cultural o ficción literaria de calidad podría sobrevivir sin algún superventas que otro: Ohne Schwarzbrot kein Kaviar (“Sin pan no hay caviar”). Por suerte, Rowohlt consiguió un superventas en casi cada década: desde la biografía de Napoleón por Emil Ludwig en 1924 o Kleiner Mann – Was Nun? de Hans Fallada en 1932, hasta el fenómeno Rosamunde Pilcher a través de la década de 1990 y, en los ultimísimos tiempos, La medición del mundo de Daniel Kehlmann, que es en la actualidad el autor alemán más vendido desde Patrick Süskind. Algunos de los mayores filones de la editorial fueron "producciones internas" en el sentido más literal de la expresión: así, Götter, Gräber und Gelehrte, la "novela" sobre la historia de la arqueología que lleva vendidos desde 1949 más de dos millones de ejemplares, no solo la escribió el redactor Kurt Marek (bajo el seudónimo C. W. Ceram), sino que este fue también la única persona que leyó el manuscrito antes de ser enviado a imprenta.
 
El anticipo de 100 Jahre Rowohlt, una crónica de la editorial con numerosas anécdotas que será publicada en abril, revela que la historia de Rowohlt podría haber disfrutado de incluso más superventas: los editores al cargo rechazaron Glennkill de Leonie Swann, Estúpidos hombres blancos de Michael Moore y El nombre de la rosa de Umberto Eco (“demasiado latín”). A fecha de hoy, y considerando la organización actual de Rowohlt, hay pocos motivos para darle vueltas a errores del pasado. En la persona de su actual editor, Alexander Fest, Rowohlt cuenta con un jefe joven de buena ascendencia (su padre es el célebre historiador Joachim Fest, autor de La caída), un perfil internacional y –no menos importante– encanto: un diario alemán le acaba de nombrar el “Rey Sol del mundo editorial”. Con la bendición de los dioses, es probable que aquellas tres RO apiladas vayan a seguir resonando estupendamente sobre los mostradores de las librerías durante bastantes años más.
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Philip Oltermann
ha publicado trabajos periodísticos en The Guardian, The Times, Prospect, Süddeutsche Zeitung y Spiegel Online. En la actualidad está escribiendo un libro sobre contactos anglo-germanos que publicará Faber & Faber en 2010.
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